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Estamos en Tokio, una de las mayores metrópolis del planeta, una ciudad vibrante que rebosa energía por sus cuatro costados, plagada de luces de neón y pantallas gigantes que informan en tiempo real la cotización del Nikkei o las últimas noticias del mundo, una urbe cruzada por autopistas y salpicada de tiendas que abren día y noche. Nos sumergimos en el laberinto subterráneo del metro...

Los bellos durmientes.

Estamos en Tokio, una de las mayores metrópolis del planeta, una ciudad vibrante que rebosa energía por sus cuatro costados, plagada de luces de neón y pantallas gigantes que informan en tiempo real la cotización del Nikkei o las últimas noticias del mundo, una urbe cruzada por autopistas y salpicada de tiendas que abren día y noche. Nos sumergimos en el laberinto subterráneo del metro, transitado a diario por decenas de millones de personas, entramos en un vagón y Oh!, ¡sorpresa! ¡Están todos durmiendo!!!! ¿Qué ha pasado? ¿Nos hemos equivocado de película???

No, no, es la misma. Esos japoneses y japonesas que han creado una de las ciudades más vivas y dinámicas del mundo, son curiosamente capaces de dormirse en cualquier momento y lugar. De hecho, pueden aprovechar la mínima ocasión para echar una cabezadita que les ayude a desconectar del torbellino de sus vidas y recuperar energías con las que volver a la vorágine. Un trayecto en metro, una pausa en una reunión o un tiempo muerto en una sala de espera son momentos ideales para ejercitar una habilidad de desconexión realmente práctica en una gran ciudad.

Dado que se trata de una práctica social habitual, existen ciertas normas de educación para hacerlo de forma discreta y decorosa (especialmente para las mujeres): las piernas juntas -no cruzadas-, los brazos sobre el regazo, los bolsos o maletines firmemente sujetados, la cabeza recta y apoyada sobre el pecho. Pero los duendes del suelo son traidores y a veces transportan al bello durmiente hacia dimensiones lejanas donde no es de aplicación código alguno de conducta. Y, así, es habitual que el durmiente transforme su impecable postura en un desaliño generalizado de piernas abiertas, maletín descolgado, cuerpo vencido hacia un lado, cabeza inclinada y apoyada sobre el pasajero de al lado. Que, del susto, se ha despertado y aguanta la situación estoicamente-.

Y, ya por la noche, cuando los trenes van llenos de gente que regresa después de unas copas, el agotamiento y el alcohol pueden desbaratar al máximo cualquier compostura, abandonando a los viajeros a la deriva del traqueteo del tren, mientras sus maletines zigzaguean por el suelo en cada curva y sus cabezas golpetean las paredes del vagón o los hombros del pasajero de al lado. Y, a veces, una incipiente línea de saliva asomada en la comisura de los labios amenaza con caer sobre el vecino que, agotado, se desparrama sobre el siguiente viajero.

Es Tokio que desconecta y descansa, recupera fuerzas y se prepara para afrontar al día siguiente una nueva jornada de vorágine.

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