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Una de las características del verano en Japón es la cantidad y variedad de fiestas populares o Matsuris que se celebran en todos los rincones del país. Son tantos y tan interesantes que necesitaríamos una sección entera para recorrerlos con el detenimiento que merecen. Entre ellas, destaca el Obon, una de las mayores celebraciones japonesas, junto con el Año Nuevo. Es una tradición de origen budista dedicada a los antepasados, que se celebra en todo el país durante el verano.

Una de las características del verano en Japón es la cantidad y variedad de fiestas populares o Matsuris que se celebran en todos los rincones del país. Son tantos y tan interesantes que necesitaríamos una sección entera para recorrerlos con el detenimiento que merecen. Entre ellas, destaca el Obon, una de las mayores celebraciones japonesas, junto con el Año Nuevo. Es una tradición de origen budista dedicada a los antepasados, que se celebra en todo el país durante el verano.


Matsuris: de ritual divino a fiesta terrenal
Los matsuris tienen su origen en las tradiciones shintoístas, y solían estar ligados a rituales del ciclo agrícola. A través de ellos, los japoneses ofrecían a los dioses sus plegarias y ofrendas, mostraban su respeto y devoción, y les solicitaban ayuda divina para conseguir buenas cosechas. El verano era desde tiempos ancestrales una época de rituales y celebraciones, a través de los que se conmemoraba la entrada al segundo ciclo anual y el inicio de la cosecha del arroz.

Con el paso de los siglos, estas celebraciones han ido evolucionando, integrando otros aspectos culturales y religiosos –tanto shintoístas como budistas-, ganando en dimensión y espectacularidad, con calles engalanadas, coloristas procesiones, fuegos artificiales, kimonos y otros trajes festivos, así como música y danzas, hasta convertirse, en muchos casos, en enormes celebraciones que atraen a cientos de miles de turistas nacionales e internacionales.


El festival de las almas
En origen, el Obon se celebraba entre el día 13 y 15 del séptimo mes del calendario lunar. Actualmente, la mayoría de regiones del país lo celebran sobre el día 15 de agosto, aunque en otras ha quedado fijado a mediados del mes de julio. La tradición hunde sus raíces en un ritual budista, el urabone, que se practicaba ya en el siglo VIII. Basado en la creencia de que los espíritus de nuestros antepasados regresan cada año a visitar nuestro mundo terrenal, el urabone ofrecía un ritual conmemorativo para que las almas de los fallecidos pudieran descansar en paz.

En la actualidad, la celebración está orientada a acompañar a las almas en su breve visita a este mundo. Hay múltiples variedades de la fiesta en cada región de Japón, pero algunos elementos son comunes. El comienzo de la fiesta (sobre el día 13) se centra en darles la bienvenida y recordarles el camino hasta sus antiguos hogares, para lo que, entre otras tradiciones, se encienden pequeños fuegos (mukae-bi, fuego de bienvenida) o se colocan lámparas en las puertas que los guíen de vuelta a casa, y se realizan ofrendas en pequeños altares en las salas de estar. Es un gran momento de reunión familiar, por lo que los japoneses viajan a sus lugares de origen para encontrarse con el resto de su familia. En estos días del año se concentra el grueso de desplazamientos interiores, colapsando aeropuertos, estaciones de trenes y autopistas. Una vez en el hogar, las familias se reúnen alrededor de la mes, toman sake y recuerdan a los que ya no están. También se visitan los cementerios, se limpian las tumbas y se ofrece sake, incienso y flores.

Cuando se acerca la hora del regreso, sobre el 16 de agosto, se encienden de nuevo pequeños fuegos (okuribi, o fuegos de despedida), y las familias construyen barquitos con papel o plantas, en los que colocan una vela y que depositan en el mar o en los ríos para que guíen a las almas en su camino de regreso al más allá.

La música y la danza tienen un lugar protagónico en las fiestas del Obon, pues sus ritmos permiten tanto celebrar la reunión familiar, como consolar a los espíritus cuando llega la hora de marchar, y evitar que la tristeza y la nostalgia empeñe la despedida. Las calles se llenan de fiestas amenizadas con música de taiko (tambor japonés), gongs y flautas, en las que niños y mayores bailan las danzas del obon ataviados con yukata –kimono de verano-. Además, se lanzan espectaculares fuegos artificiales que llenan de luz y color las noches de agosto.

La costumbre inicial de introducir música y bailes para animar las despedidas ha ido creciendo con el paso del tiempo, hasta convertirse, en algunas localidades, en una fiesta en sí misma. Entre ellas, destaca especialmente el Awa-Odori, que se celebra en Tokushima (isla de Shikoku) entre el 12 y el 15 de agosto. En estos lugares, la fiesta trasciende plazas y escenarios, para inundar todas las calles con vistosos pasacalles que congregan a miles de personas. Las danzas comienzan a media tarde y se adentran hasta la madrugada.

La alegría que contagian los bailes, la música y los movimientos de los danzantes son una garantía de que los antepasados iniciarán felices su largo camino de regreso al más allá, a la espera de que el próximo verano traiga consigo una nueva oportunidad de reunión familiar.

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